Despojadas de nuestro cuerpo

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Creo que cuando nos cruzamos, un 33% de su cuerpo estaba lleno de rabia; otro 33% albergaba tristeza; en el 33% restante, solo agobio. Espero que encontrarse con caras conocidas y feministas le sirviera, al menos, para llenar ese poquito que le quedaba libre de nuestra fuerza para pasar el trago. Ante situaciones como estas, sólo nos queda creer en nosotras. Esa misma mañana, en un hospital público de Bilbao, el ginecólogo de turno se debió sentir presionado cuando ella preguntó detalles sobre su salud:

—Y esto que tengo, ¿por qué puede ser? — debió querer saber la muy osada.
—Perdona, guapa, la culpa de esto la tienes tú. Yo estoy intentando solucionarlo.

En su cara, estupor, dolor, indefensión. En la consulta, sola, ¿cómo podría enfrentarse a algo así? El reto no era fácil porque esa conversación les trascendía a ambos. Lo que estaba sobre la mesa en esa consulta era la clásica distinción entre mujeres buenas y malas; putas y santas; las que se lo merecen todo y las que no se merecen nada; las que cumplen con lo que se espera de ellas y las que no lo hacen. Ella, a ojos y criterio del patriarcado, no debe ser una de esas buenas mujeres. Todo por tratar de hacerse cargo de su cuerpo, por intentar entender qué estaba pasando con su salud, todo por responsabilizarse.

El tremendo atrevimiento del médico, por un lado, está relacionado con la falta de costumbre que tenemos como sociedad a hacernos cargo de nuestra salud, a preguntar y cuestionar la palabra sagrada del doctor o doctora de turno, acostumbrados a que sus juicios sobre nuestra salud sean incuestionables: por otro lado, sus palabras se convierten en el altavoz del castigo social que todavía hoy sufrimos las mujeres si nuestras sexualidad no encaja en los patrones que han dictado para nosotras. Para bien y para mal; por arriba y por abajo; cualquier forma de relacionarnos con nuestra sexualidad que no cumpla que lo que se espera de una buena mujer será castigada. Las expectativas no son siempre las mismas ni se muestran de la misma manera. En algunos contextos sociales, serán castigadas las mujeres que no disfruten activamente del sexo, condenadas al “estrecha”; en otros casos, el juez moral que llevamos todas dentro castigará a las que disfrutan libremente de su sexualidad, sin pareja estable, ni ánimo de tenerla. Para ellas será el reino de las putas. Luego, ni te cuento si no te relacionas sexualmente con hombres. Para nosotras, el ostracismo.

Ojalá pudiera decir que la actitud del ginecólogo que atendió a esta mujer es anecdótica. Hace unos años, en un reportaje de Pikara Magazine sobre el Virus del Papiloma Humano, la autora ya contaba situaciones parecidas: “Estate tranquilita que ya bastante has hecho”, le dijeron entonces a una mujer diagnosticada con VPH. Al hablar de esta cuestión con otras compañeras, la sorpresa ha sido superlativa. Bueno, quizá no tanto. A una, estos días también, le aconsejaban que tome pastillas anticonceptivas, pero se niegan a explicarle nada sobre los posibles efectos secundarios; a otra le recetan monogamia para evitar problemas; todavía recuerdo cómo una de mis mejores amigas salió de Urgencias tras pedir la pastilla del día después; las lágrimas de otra pidiendo, por favor, que nunca más le pongan con ese ginecológico. Todo, ante la más absoluta impunidad porque el cuerpo de las mujeres no nos pertenece a nosotras. La violencia simbólica a la que estamos sometidas desde la cultura, la política o la economía, entre otros factores sociales, nos ha despojado de nosotras mismas. El feminismo es un billete de vuelta a nuestros cuerpos, a nuestros deseos, a nuestra vida. El viaje es arduo y costoso, pero que nadie dude de que llegaremos al destino.

Todavía hoy, con 45 mujeres asesinadas en lo que vamos de año a manos de sus parejas o exparejas y sin la posibilidad de conocer a ciencia cierta cuántos asesinatos más de mujeres se han dado por razones de género, resulta complejo hacer comprender a la ciudadanía que todas nuestras vivencias están atravesadas por los estereotipos de género. Crecer mientras nos hacen creer que nuestros cuerpos tienen la finalidad de, más allá de albergarnos, gustar a otros; vivir en un contexto político y social que no reconoce la autonomía de nuestra sexualidad; que los partos estén tan medicalizados o la menstruación tan estigmatizada; que instituciones públicas y religiosas decidan sistemáticamente sobre nuestros derechos sexuales y reproductivos o que, entre otros miles de ejemplos, los cuerpos de las mujeres se mutilen —de maneras muy distintas según el contexto cultural— son sólo algunas de las actitudes que demuestran que necesitamos también en el ámbito de la salud de profesionales que entiendan que la situación sociopolítica en la que vivimos influye directamente en nuestra salud y que nos receten un poquito de feminismo tres veces al día.

 

 

Este es un artículo de Pikara Magazine en el Marco del proyecto Abordaje de la violencia simbólica desde el ámbito educativo, sanitario y los medios de comunicación financiado por la Diputación Foral de Bizkaia.

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